Emergencias y conductas humanas sorprendentes. A la luz del 11S.

11Septiembre
Publicado por el 20/05/2016. Categoría: artículos, home

En estas fechas hace catorce años de los atentados 11-S y, por tanto, resulta interesante traer a colación el artículo del famoso psicoanalista y divulgador Stephen Grosz, “Cómo el miedo a la pérdida puede hacer que lo perdamos todo” (El País Semanal 1.945, 5-I-2014). Y lo es en relación con la casuística de las emergencias: la reflexión que plantea el autor ilustra sobre las lagunas del conocimiento del comportamiento humano, que da al traste con los Planes de Emergencias mejor concebidos.

Grosz refiere algunos comportamientos, acaso anecdóticos, que adquieren una relevancia trascendental en cuanto a sus consecuencias, cuando los seres humanos se enfrentan a una situación de emergencia. Menciona tres conocidos sucesos:

  • En 1977, en el Restaurante y Centro de Ocio llamado Beverly Hills Supper Club (Kentucky), que registró 165 muertos, hubo espectadores que, de acuerdo con la reconstrucción forense, perdieron sus vidas haciendo cola…¡para pagar!
  • En 1985, en el Estadio de fútbol de Bradford, RU, se contabilizaron 56 muertos a consecuencia de un incendio. Muchos espectadores siguieron viendo el doble espectáculo, partido e incendio, hasta que el primero no se dio por finalizado por la fuerza de los hechos.
  • En el tristemente famoso atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, que se cobró 2973 muertos, los testigos refirieron diversas conductas que podríamos calificar a posteriori de sorprendentes así como frecuentes (con resultados fatales): a pesar de oír los avisos de evacuación, hubo personas (luego se convertirían en víctimas) que prefirieron terminar una conversación telefónica (“bajo enseguida: no quiero dejar esto para mañana”); u optaron por concluir “rápidamente” una reunión; o prefirieron contemplar el incendio de la torre gemela, distante 40 metros, e incluso debatir sobre la oportunidad de usar o no los elevadores; también se refirió el caso de alguien que, tras bajar unas cuantas plantas para ponerse a salvo, decidió súbitamente retroceder para “salvar” unos retratos familiares de su escritorio…

Grosz confiesa no saber cómo habría reaccionado él mismo y admite abiertamente la hipótesis de formar parte de las víctimas de conductas semejantes y las resume en un único rótulo: se trata ni más ni menos que de manifestaciones del fenómeno -por otro lado sobradamente analizado y nunca del todo esclarecido- de las resistencias al cambio. Y plantea una reflexión que debe ser traída al “mundo” PRL por lo generalizado del fenómeno: es, en opinión del autor, nuestra natural conducta resistente al cambio lo que nos lleva estúpidamente a obviar las más elementales normas de seguridad.

En efecto, dice Grosz, realizar un cambio produce miedo:

  • El cambio consistente en usar la salida de emergencia, desconocida, produce miedo: preferimos usar la de todos los días;
  • el cambio consistente en no pagar una cuenta de restaurante produce honesto y suicida rechazo (salvemos nuestra vida tras el abono)
  • abandonar el estadio cuando nuestro equipo está en posesión del balón no tiene sentido: mañana debatiremos los goles y, acaso, la anécdota adicional del incendio.

En definitiva, al enfrentar un cambio dudamos, porque el cambio acarrea una pérdida, la de la seguridad habitual que reside en nuestra conducta diaria.

Concluye sugiriendo, débilmente en mi opinión, la moraleja que le sirve de título: hay que aceptar alguna pérdida en el cambio…o lo perderíamos todo.

Me permito abundar en la idea del psicoanalista: en las emergencias graves (como las que sirven de base al artículo) se produce inicialmente pánico, que es una clase del género miedo, un miedo extremo asociado con pérdida de control producido por una emergencia como las descritas. Pero por no del todo conocidos procesos psicológicos, la resistencia individual al cambio produce adicionalmente otra clase de miedo que se superpone a aquél y lo derrota, perdiendo su principal virtualidad (ponernos a salvo). En otras palabras, en estos ejemplos, el miedo al cambio ofusca el pánico que nos espolearía a intentar sobrevivir.

En el INSHT encontramos dos Notas Técnicas de Prevención (NTP) que tratan este tema. La NTP 390 estudia los aspectos relativos a la conducta individual y la NTP 395 los correspondientes a la colectiva. De ambas se pueden deducir consejos y enseñanzas extremadamente útiles para prevenir los riesgos derivados de emergencias.

Así, en la NTP 390 encontramos aspectos traídos a colación por el artículo de S. Grosz. Por ejemplo, cuando al tratar sobre la percepción del riesgo, señala “que el individuo tiende a inhibir la propia interpretación de las señales de amenaza a causa de la influencia social”. También cuando lista sus condicionantes, pero no explica las conductas humanas, calificables como sorprendentes a posteriori, cuando la magnitud de la emergencia es tan evidente como contemplar desde la oficina cómo arde la torre de enfrente. Con trazas de amargo humor, el autor recrea un hipotético consejo fatal: “Eh, no te vayas. El avión se ha estrellado contra la torre norte. La torre sur debe ser el lugar más seguro de Nueva York”.

También la NTP 395 es de indudable interés para conocimiento del prevencionista, pero los criterios de predicción del comportamiento humano que establece no explican la debilidad de nuestra psique al obstinarse en conservarlo todo (el mejor partido de la temporada, la reputación de buen pagador, el trabajo bien hecho, unas fotos de los niños…) cuando tan sólo debería conservar la vida.

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